La La Land y Babylon son dos películas que personalmente adoro por completo y que no podrían ser más diferentes entre sí. La primera nos muestra lo más hermoso de los sueños y de Hollywood y la segunda es la crítica más dura que existe hacia la misma industria, el lado b. El director de ambas es el mismo, Demian Chazelle. Pero ambas me recuerdan mucho a Freddie; porque era la personalidad más pura, la ambición en persona y la misma que hospedaba en su mente a un visitante oscuro que lo torturaba.
Sobre todo a partir de los años 80, cuando ya estaba consolidado como la estrella que se convirtió en leyenda, Freddie Mercury emprendía una caminata casi de modelo, con sus piernas bien estiradas y su espalda recta, hasta su silla donde su torso se encorvaba dejando ver una actitud más bien tímida y reservada, que contrastaba con la magnitud de su personaje en el escenario.
Siempre con un cigarrillo en la mano y sus labios mojados de cerveza, hablaba con cautela, sin modular demasiado para no dejar ver su prominente dentadura. Cuando se reía, tapaba su boca con la mano derecha y se inclinada hacia delante, hasta que la risa cesara para reincorporarse y que su bigote volviera a ser el protagonista de su cara. Entre risas, su lengua asomaba rodeando su labio superior, casi como un ritual inconsciente.
No es que no quisiera llamar la atención—lo disfrutaba—, sino que aceptarse a sí mismo tal cual era fue un reto que lo acompañó durante décadas y que, quizás, nunca superó por completo.

Cualquiera podría pensar con tan solo ver unos pocos videos de sus conciertos, que fue el hombre más extravagante y carismático de todos. Pero en la intimidad, según libros como “Freddie Mercury: a kind of magic” y “Freddie Mercury: su vida contada por él mismo”, ambos avalados por sus amigos y familiares e incluso el segundo con un prólogo escrito por su madre, testimonian que la mayoría del tiempo lidiaba con la dualidad de su persona que había sido endiosada.
La realidad es que Farrokh Bulsara creó un personaje llamado Freddie Mercury, el cual convertirse, para vivir la vida que estaba completamente decidido a vivir. En sus propias palabras; “a veces siento que he creado un monstruo”, en referencia a aquel hombre imponente que salía al escenario, su alter ego que detenía el mundo interactuando con el público como nadie. En otra ocasión, dejó en claro la carga que significaba ser él: “Hay días en los que me levanto y pienso ‘Dios mío, desearía no ser Freddie Mercury hoy’”.
“Solo soy una prostituta musical cariño”, expresó entre risas en una entrevista en 1984, que dejó en evidencia la idea que lo torturaba. Pero que dos años antes, plasmó en una canción que no saldría hasta pasada su muerte, “In My Defence”, cuyo estribillo es “Solo soy un cantante con una canción, como puedo intentar arreglar lo incorrecto?”. Y así nuevamente dejaba ver al humano, que sorprendía a la gente que lo conocía y se encontraba con eso, un ser humano que no iba a comérselos.
Inquieto e incómodo en su asiento; “ser humano es un estado que necesita un poco de anestesia”, decía e inhalaba otro poco de su cigarrillo. Pero no dejaba pasar ningún comentario que le molestara, con un sarcasmo magistral o con una respuesta directa acompañada por una sonrisa pícara, respondía cualquier cosa que fuera necesaria para detener el tema en cuestión.
Para él, no había límites que no pudieran desafiase: en el lenguaje, en la música, en la estética y en los cuadros que colgaban en sus paredes. Si existía la posibilidad de romper una norma, de explorar más allá, de convertir cualquier experiencia en un espectáculo teatral, lo haría sin dudarlo. Y tenía el talento para hacerlo con una creatividad y complejidad únicas.
Graduado en diseño gráfico e ilustración, ideó el icónico logo de Queen mientras estaba acostado en su cama, la misma que en lugar de un respaldo tenía un piano, el cual tocaba al revés. En ese mismo espacio nació Bohemian Rhapsody, la canción que redefinió los límites del rock y dejó un legado imborrable.
Freddie Mercury trascendió el tiempo. El hombre detrás de la leyenda se marchó hace 35 años, pero su inmortalidad quedó sellada en cada nota, en cada escenario, en cada vida que tocó con su voz y su espíritu irrepetible.
Good night Fred.

